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LA MEJOR FORMA DE RESOLVER PROBLEMAS ENTRE AUTÓNOMOS

Julio 2018

La mediación se erige para los expertos como la alternativa más eficaz a la hora de solucionar problemas entre profesionales autónomos. Y es que nadie está exento de conflictos, ni de tipo económico ni de índole personal.

Para la Comisión Europea existen tres formas de resolverlos extrajudicialmente: mediante arbitraje, mediante conciliación y a través de la mediación. En común tienen que todas deben emplear la negociación, aunque la mediación ha demostrado ser la más eficaz de ellas. Según los expertos, los acuerdos privados entre los autónomos en conflicto no se suelen incumplir.

De todo ello se ha hablado en el Curso 'Nuevos Retos para autónomos y emprendedores', organizado por la Federación Nacional de Trabajadores Autónomos con el ICOGAM. Una de las ponentes ha sido Trinidad Bernal, directora técnica de la Fundación Atyme.

"La mediación es una técnica útil para resolver conflictos en todos los sentidos y para todas las situaciones, pero aún más para el emprendedor. Proporciona una mente flexible, propia de la creatividad, muy dinámica y que se basa en la autogestión, como hacen los autónomos”, ha asegurado Bernal.

Consejos cuando se entra en conflicto

Para la directora técnica de Atyme, lo primero cuando surge un conflicto es dudar sobre la versión o la intención, y llegar a desbordar racionalmente lo que nos dificulte para pensar con objetividad y tomar decisiones coherentes". Muchas veces, añade, la dicotomía es "conseguir nuestro objetivo" con un socio, un cliente, o un proveedor "o perder la relación"con esta persona. En la mediación se conseguir unir los dos aspectos.

La mediación, además, también supone un ahorro de recursos y se resuelve con una economía personal por la rapidez y la buena gestión de los recursos al alcance de los profesionales por cuenta propia.

“Más vale un acuerdo que un pleito. Y ese acuerdo es muy importante, por escrito. Todos los convenios, los contratos profesionales que lleven una clausula en la que ponga que si hay diferencias con el tiempo que se acuda a un mediador y no se utilice la vía judicial a la primera de cambio tienen más posibilidades de ser fructíferos”, ha señalado.

DIVORCIOS DE "PLOMO": UN PROBLEMA SOCIAL OCULTO

11 julio 2018

JOSÉ LUIS UTRERA. JUEZ DE FAMILIA

El divorcio es, tras la pérdida de un ser querido, la vivencia más estresante que puede experimentar cualquier persona. La tensión que todo divorcio supone se dispara si la ruptura familiar -aproximadamente una de cada tres- resulta traumática por el enfrentamiento de la pareja, por la duración del conflicto o por la utilización de los hijos menores en las disputas de los adultos. Son divorcios 'de plomo' que lastran la vida emocional de todos los afectados y especialmente de su hijos menores, quienes quedarán marcados para siempre por una ruptura en la que los progenitores anteponen sus intereses -emocionales, económicos- a los de unos niños que solo desean seguir siendo felices, aunque sea en un entorno familiar distinto.

Si bien la decisión de divorciarse pertenece al ámbito más privado de cada persona, las consecuencias de la misma desbordan la esfera estrictamente individual, pues involucran a terceros y tienen una evidente proyección social al afectar a ámbitos tan diversos como el educativo, el laboral, el sanitario o el de servicios sociales. Un 'mal divorcio' suele traducirse en menores con problemas (bajo rendimiento escolar, conflictividad social, padecimientos psíquicos), adultos estresados (bajas laborales, usuarios de servicios médicos y sociales) y en un aparato judicial sobreexplotado y desnaturalizado, donde el juez termina convertido en un 'tercer progenitor dirimente' ante la incapacidad de los padres para adoptar decisiones consensuadas respecto a sus hijos.

Pese al elevado coste social que esta problemática supone, sorprendentemente, no es objeto de atención ni por la ciudadanía ni por los poderes públicos. Los divorcios 'de plomo' no parecen preocupar a casi nadie, pese a que estamos en presencia de una parcela de la realidad muy importante por el número de personas a las que afecta y las secuelas que generan, muchas de ellas para toda la vida. La explicación de esta pasividad podría estar en que el divorcio sigue considerándose como algo privado, de adultos, y un terreno solo para juristas, prescindiéndose de otras consideraciones: el interés prioritario de los menores, la importancia de las perspectivas psicoemocionales o la necesaria intervención de profesionales no jurídicos.

Y basta un ejemplo para ilustrar esa indiferencia social: mientras que cualquier crisis laboral o mercantil de un ciudadano es resuelta por un juez especializado en la materia que aplica leyes específicas, la crisis familiar de ese mismo ciudadano será atendida por un juez al que no se le exige una formación multidisciplinar acorde a la complejidad del conflicto familiar, y que tiene que valerse de un código civil del siglo diecinueve pensado, sobre todo, para decidir pleitos patrimoniales.

Mejorar la gestión de los conflictos familiares de ruptura y evitar las patologías sociales que acompañan a muchos de ellos no tiene por que aparejar un gasto relevante. Es más, supondrá un ahorro a medio y largo plazo para el Estado. Crear juzgados y jueces verdaderamente especializados, elaborar un Código de Familia(s), fomentar la mediación o reconocer el importante papel que deberían desempeñar otros profesionales y recursos no jurídicos (Puntos de Encuentro Familiar, coordinadores de parentalidad o terapeutas posruptura) mejoraría enormemente la calidad de la respuesta que se está dando actualmente.

En definitiva, se trata de hacer las cosas de otra forma y conseguir que esos divorcios 'de plomo' tengan los menores costes posibles para sus protagonistas y para la sociedad. Y sobre todo, que no impidan a muchos niños y niñas volar felizmente en la vida tras la separación de sus progenitores.

 

Artículo publicado en el periódico Las Provincias

CATALUNYA, URGENTE: REENCUENTRO

Julio, 2018

“A fuerza de sacrificar lo esencial a lo urgente,

se termina por olvidar la urgencia de lo esencial”.

Edgar Morin


En las situaciones de gran complejidad el mayor peligro radica en que, entre la multitud de cosas, importantes unas, accesorias otras, y el bullicio de tantas voces, se pierde el hilo conductor, la razón misma que originó tal confusión. Y, sin apercibirnos apenas, la emoción y la pasión sustituyen a la razón, hasta el punto de que, de pronto, nos damos cuenta de que ya no sabemos por qué gritamos… Lo apremiante nos envuelve y sumerge en su inescapable remolino.

En estas circunstancias, es altamente recomendable concertar una pausa para la reflexión serena y abrir luego una “nueva página” habiendo aprendido bien las lecciones del pasado pero teniendo sólo en cuenta la “memoria del futuro”. Estos fueron, precisamente, los títulos de los dos ensayos que escribí al inicio de mi actuación como Director General de la UNESCO porque, desde el primer momento, consideré que la única solución era pensar sosegadamente sobre el complicadísimo panorama al que debía hacer frente, llevar a cabo un gran esfuerzo de conciliación y reconciliación sabiendo que lo único que está por-hacer es el por-venir. El pasado y el presente como lección. El devenir, como objetivo supremo, adaptando cada amanecer la “hoja de ruta”.

Nunca es demasiado pronto ni, sobre todo, nunca es demasiado tarde para el encuentro y el diálogo. Nunca es tiempo de desesperanza ni de proclamar que “ya no hay remedio”. Sólo los pusilánimes y los obcecados no procuran que los imposibles hoy sean feliz realidad mañana. Como ejemplo, recuerdo cuando en la “transición” no fueron pocos los que dijeron que el retorno del Presidente Josep Tarradellas a la Generalitat de Catalunya constituía una propuesta impensable… y, sin embargo, se pensó, se actuó y aquel “imposible” fue posible.

Pensando en las generaciones que llegan a un paso de la nuestra, y en los procesos potencialmente irreversibles a los que la humanidad se enfrenta, es éticamente ineludible inventar un futuro distinto. Así lo he propuesto en varias ocasiones en los últimos años: reforma de la Constitución, multilateralismo democrático, nuevo concepto de seguridad, el derecho a decidir… (http://federicomayor.blogspot.com.es/ ). Hay que tener presentes a todos los catalanes y respetar sus ideologías y creencias, sin imponer –hasta el arriesgado límite de la ofuscación y la defensa apasionada- unos criterios que, con gran capacidad movilizadora, no representan opciones adecuadas en el contexto internacionalactual que, por primera vez en la historia, requiere con apremio respuestas consistentes y oportunas a escala global.

Basados en los resultados de unas leyes electorales que hubieran debido  mejorarse hace tiempo, se habla “en nombre del pueblo catalán” y de “mandatos” recibidos en consultas carentes de las mínimas garantías democráticas. Por cierto, “democracia” no significa “mayoría” (sobre todo mayoría enardecida) sino, según la Constitución de la UNESCO en su preámbulo, “justicia, libertad, igualdad y solidaridad”…

Para progresar hacia el entendimiento es imprescindible una  información veraz. Saber muy bien lo que se pretende y adherirse a unas ideas o ideales por convicción y no por reacción, urgencia o miedo. Es necesario conocer la realidad en profundidad para poder transformarla en profundidad. De otro modo, los cambios son superficiales, epidérmicos. Para llegar a ser plenamente lo que somos, los seres humanos debemos poder ejercer sin cortapisas las facultades distintivas de la especie: pensar, imaginar, anticiparse, innovar, crear…y debemos actuar en virtud de las propias decisiones y nunca al dictado de nadie o nada. El dogmatismo, el fanatismo, el supremacismo… deben ser excluidos con “tolerancia cero”, porque conducen inevitablemente a la violencia y al enfrentamiento.

Pero no debemos olvidar que la Constitución se redactó –con la excelente colaboración de dos ilustres catalanes, Miquel Roca y Jordi Solé Tura- en momentos de inmensa inercia y apasionamiento, hasta el punto, de pretender la reposición de un gobierno militar. El Título VIII, relativo a  las Comunidades Autónomas que tan buenos resultados han dado en su conjunto, quedó como “sinfonía inacabada”, según el propio Presidente Suárez y después, a pesar de reiteradas sugerencias, no se ha querido –el gobierno, impasible- completar lo que entonces impidieron los nostálgicos de la dictadura. Sin embargo, a pesar de los pesares, la Constitución logró asegurar el pluralismo político, la aconfesionalidad del Estado, los derechos humanos…

Después, inmovilismo total. Sólo por exigencias del neoliberalismo imperante, se modificó de urgencia el texto constitucional. Pero no sólo no quiso adecuarse la estructura del Estado sino que el Estatuto de Catalunya fue incomprensiblemente modificado a posteriori... y se recogieron millones de firmas en contra… y se negó que Catalunya fuera una “Nación” cuando Navarra era “Reino”, Euskadi era el “País Vasco”, y en Asturias el himno oficial la denomina “Patria”…

Catalanes son todas las personas que habitan Catalunya y son en buena medida los muchos migrantes que Catalunya ha incorporado los que hoy nos reclaman mayor sensatez, una “nueva mirada” y una solución que devuelva la concordia propia de la inmensa riqueza de la diversidad de identidades de España. Lo que debe lograrse es un mayor autogobierno, sin privilegios “históricos” ni ventajas comparativas, con un buen sistema federal o confederal, con una estructura de Nación pluriestatal, como los Estados Unidos de Norteamérica, o un Estado plurinacional, como en las otras múltiples federaciones (Alemania, Brasil, México…).

En lugar de favorecer una mayor autonomía, en los términos del párrafo anterior, se han prometido soberanías con autodeterminaciones y derechos que no se contemplan en la normativa internacional.  Actualmente no hay ningún país –salvo Formosa, que no figura como tal en la lista de las Naciones Unidas- que se haya originado por secesión. El “derecho a la autodeterminación” está estrictamente regulado por la Convención de la Conferencia de Viena de julio de 1993, que establece en su artículo I/2 que este derecho se aplica de forma exclusiva a los países coloniales o sometidos a poder militar. No es procedente, por tanto, transmitir a catalanes fatigados por el hostigamiento y la incapacidad política de sus autoridades y del gobierno, aspiraciones que –aparte de incoherentes con el momento en que vivimos, que requiere una reacción global frente a amenazas globales- conducirían, si se alcanzaran forzadamente, al aislamiento, necesidad de visado para desplazarse al exterior,… ¿qué ejército tendría?, ¿qué moneda?, ¿qué intercambios científicos y técnicos?, ¿qué fuerza productiva?, ¿qué fuentes de energía?, ¿cómo se gestionaría el caudal del Ebro?...

Ningún país, ninguna entidad internacional ha reconocido los resultados del 1-O. Diferencia, sí. Disidencia, sí (¡disiento de tantas cosas propias de este contexto, con espacios ya irreparables, en el que vivimos!) pero conscientes de que nos une más de lo que nos separa, y de que es preciso construir puentes y derribar muros. Es este “catalanismo” el que sedujo a muchos seguidores y no el de la separación diferencial y unilateral y de la auto-apreciación excesiva. Con todos los respetos, como ciudadano del mundo, responsable ante mis hijos, nietos y bisnietos no pienso en los 7 millones de catalanes ni en los 47 millones de españoles… sino en los casi 7.000 millones de seres humanos, todos iguales en dignidad, muchos de los cuales viven en condiciones de precariedad extrema.

La Constitución no se defiende conservándola tan sólo sino adaptándola oportunamente. Para el bien de todos. De todos los catalanes y catalanas, y de todas las personas procedentes de Andalucía, el País Vasco… de toda la ciudadanía española. El nacionalismo españolista tiene que tener en cuenta antes de que sea tarde para una solución serena que la vertebración territorial de España se hace con fórmulas políticas y no con  imposiciones.

En los últimos meses, de manera especial, los desaciertos por ambos “lados” han sido notorios y variados. Destacan la arbitrariedad de los acontecimientos en el Parlamento Catalán de los días 6 y 7 de septiembre de 2017…. y la convocatoria de un referéndum carente de fiabilidad, sin fijación de porcentajes mínimos, etc… y los excesos de algunos manifestantes y de la reacción policial del 1 de octubre, …. así como el “desuso” del artículo 56 de la Constitución que se refiere a la misión de “arbitrar y moderar conflictos inter institucionales” que se encomienda a la Corona… y la perseverancia en sortear los circuitos legales, sabiendo que ser independentista y, desde luego, republicano, es completamente “legal” pero que en este caso como en cualquier otro es insoslayable atenerse a los preceptos jurídicos (y, si no, modificarlos)… la resistencia a promover las adecuadas reformas constitucionales, especialmente las del Título VIII, y a dialogar sobre algunas propuestas concretas, sin apriorismos ni condicionamientos… ¡y sin confundir Estado con Gobierno!...

La mayoría de la ciudadanía catalana, según los resultados de las últimas elecciones, desean vivir formando parte,  con su preciosa e incuestionable diversidad, de una sociedad en su  conjunto integrada en Europa y en el mundo que, en estos momentos y en los que se avecinan apresuradamente, necesitan reacciones globales apropiadas para el debido cumplimiento de la suprema responsabilidad intergeneracional.

Por todo ello, ha llegado el momento álgido que reclama sustituir el enfrentamiento y la pasión por la palabra. Es el momento de interlocutores que abran una nueva página con la mirada puesta en el futuro y, así, imposibles hoy serán posibles mañana. Sin necesidad de recurrir a la prisión por riesgo de fuga ni de fugarse por riesgo de prisión, cada uno con su balanza íntima, con su propia trayectoria, para iniciar una nueva etapa. Restablecer la serenidad, la amistad y el respeto, la veracidad, para que prevalezca la razón.

Re-encuentro, rápido. Dialogar sinceramente. Escucharse. Que tengan “ambos lados” –en Catalunya y luego a escala estatal- la voluntad y la sabiduría necesarias para reorientar la compleja y aberrante situación presente, siguiendo puntualmente los versos de Miquel Martí i Pol: “No més amb risc i esperança podem reconduir la vida”.

Federico Mayor Zaragoza