“Mierda” de Iván Repila
"Siento vértigo y miedo, porque no existe una generación a la que pueda asirme, estoy perdido: soy el primer hombre que conozco dedicado a los cuidados".
Me volví invisible a los cincuenta años, después de que el banco del que era un directivo con aspiraciones me prejubilara a la fuerza. Dejé de ver a mis compañeros, se olvidaron de mí los proveedores, guardé los palos de golf y las corbatas, y no volvieron a llegar a casa por Navidad aquellas cestas obscenas con jampones, relojes y juguetes. Tardé un lustro en superarlo. A los sesenta, cambié por primera vez un pañal, el de mi nieta, la hija de mi hija, y mi mujer tuvo que explicarme cómo hacerlo. A mí, que había dirigido equipos de veinte, treinta personas, en jornadas de diez o doce horas sin interrupción. Que había gestado algunas de las estrategias de banca más relevantes del último siglo. Quizá fuera la primera vez que mi mujer me explicaba cualquier cosa. Acabo de cumplir sesenta y cinco.
Mi padre murió cuando yo tenía veinte, y eso me obligó a dejar la carrera —Económicas— para ayudar a mi madre y a mis dos hermanos pequeños. Me convertí en el “hombre de la casa”. En el sentido histórico de la expresión: oficina por las mañanas y las tardes, inglés por las noches, la comida a su hora, las camisas planchadas, el traje impecable en el armario, afeitado como un soldado, dueño y señor, marido luego, padre, amo. Nadie le tose a un héroe trágico, porque los hombres como yo, como es sabido, fuimos educados para dar la primera hostia.
Escribo estas líneas después de un día como otro cualquiera. Mi suegro tiene noventa años, demencia senil y ciento veinte kilos de peso. Su mujer —mi suegra— está mejor que él, pero no puede hacerse cargo. Mi mujer tampoco, ni mi cuñado, que está mal de la espalda. El yayo, pues, es cosa mía. La economía familiar no nos permite, de momento, pagar una residencia, de manera que todos los días voy tres veces a su casa. Le organizo las pastillas, le preparo la comida, le cuento historias. Lo llevo al baño. Le cambio el pañal, que nunca es suficiente. Lo baño. Froto su cuerpo desbordado. Lo visto. Lo perfumo. Le hago un nudo en la corbata raída que siempre quiere llevar, a pesar de que casi ni recuerda mi nombre.
En los días malos—que los hay—me imagino qué pensarían mis antiguos jefes si me vieran así, con las manos llenas de mierda, en bañador, ahogando las arcadas. Y siento vértigo y miedo, porque no existe una generación a la que pueda asirme, estoy perdido: soy el primer hombre que conozco dedicado a los cuidados. Subrayo el “que conozco”. No puedo hablarlo con mis antiguos compañeros, ni con mi vieja cuadrilla. No lo entenderían. Yo llevaba trajes de marca, leía mi nombre en la puerta de un despacho, era invitado a los reservados de esos restaurantes que muy pocos pueden pagarse. Nadie me educó para “esto”. Mentira: no quise ver “esto”. No quise ver a mi madre encerrándose en el baño con mi abuela durante horas. A mi mujer con mis hijos. A mi hermana con mis sobrinos. Mi vida olía a tabaco y a copazos y a ropa limpia y a comida recién hecha. Y no sé cómo expresar esto que llevo dentro, esta dislocación devastadora. Este hombre en el que me he convertido y que no puedo verbalizar porque, pese a todo, creo que estoy haciendo lo que debo hacer, lo que quiero hacer. Salvo, quizá, llamando a mi hijo. Y contándole cómo me siento, pero que nadie lo sepa.
Artículo de Iván Repila publicado en la revista Primer Acto, cuadernos de investigación teatral.